"Sexo sin amor, en el elevador"
Una mañana primaveral, como todas las mañanas, Romualdo abordó el elevador que diariamente subía y bajaba el rascacielos de 150 pisos, atiborrado de personas (masa humana que, siguiendo la Ley de la Entropía, desgastaba poco a poco la polea número de serie 005300932845-69, dentro de la maquinaria del elevador).
Romualdo aguardó la llegada de aquella despampanante secretaria rubia, con amplias caderas, mirada cautivadora, labios rojos, uñas largas, medias negras, ropa entallada, aretes grandes, lentes de pasta gruesa y zapatos de cinco centímetros, que bajaba siempre en el penúltimo piso (Romualdo laboraba en el mezanine, pero subía hasta arriba porque disfrutaba pegarse a las nalgas de la rubiecita; luego bajaba a su puesto, para ensoñar que la violaba salvajemente en un apagón, dentro de la estrecha cabina).
Romualdo (como todas las mañanas), frotó su enhiesto miembro a la separación de las suaves y frondosas nalgas, envueltas en rugosa tela casimir, mientras ella parecía no percatarse de nada, mirando su reloj y los números que indicaban el piso, suspirando con aire de aburrimiento.
Pero aquella mañana primaveral, como ninguna otra mañana, el elevador se fue vaciando poco a poco, de tal manera que después del piso setenta y tres, Romualdo y la cautivadora rubia se quedaron a solas. Ella, por primera vez, lo miró a los ojos. Romualdo se ruborizó. Ella le sonrió. La música lounge que ambientaba el edificio, fue opacada por los latidos de un ruidoso corazón.
A diferencia de todas las mañanas anteriores, el cerebro de Romualdo dejó de pensar en violaciones fetichistas y salvajes; por primera vez en su vida, quiso articular unas palabras que lograran establecer una relación más personal con su colega de viaje rutinario.
Pero la timidez se imponía. Ella le lanzaba discretas miraditas. Las palabras se formaban en la mente de Romualdo, pero no se atrevían a salir de su boca. La taquicardia aumentaba, el sudor manaba.
A diferencia de todas las mañanas previas, ella no descendió en el penúltimo piso, sino que continuó hasta el final. Cuando el elevador llegó a la cima, ella lo besó impulsivamente en los labios. El desconcertado Romualdo, al sacar su agradecida y ensalivada lengua de la ardiente boca femenina, quiso articular algo así como: “¿Podrías decirme cómo te llamas y darme tu teléfono?”, pero justo en ese instante, en esa distinta mañana primaveral, la polea número de serie 005300932845-69 dio lo más que pudo y terminó por reventar, afectando gravemente el sistema del elevador, mismo que sin control, descendió a gran velocidad, siguiendo la Ley de Gravedad.
Ante las circunstancias, Romualdo y la rubia no perdieron el tiempo intercambiando palabras ni números telefónicos, sino que de inmediato se despojaron de sus prendas, para hacer por última vez el amor, en una cabina en acelerada caída.
Afortunadamente para la rubia, al estrellarse estrepitosamente el elevador, la posición sexual que había adoptado logró salvarle la vida, mientras su fugaz amante falleció al instante.
Después de una prolongada estancia en el hospital, Jacinta volvió a rutinaria vida laboral en el penúltimo piso. Todas las mañanas, al abordar el elevador, Jacinta recuerda estremecida el mejor polvo de su vida, con aquel desconocido.
El ROCK NO es Moda, es ACTITUD...